miércoles, 21 de enero de 2015

Sorpresa. Torero alucinógeno

Los genios no deben morir, eso decía Dalí, y lo cierto es que viendo su obra queda claro que su fallecimiento supuso una gran pérdida para el mundo del arte.  Dalí era taurino, algo que no es de extrañar en alguien que amaba el arte y lo saboreaba en plenitud.

Quizá si hubiera vivido más años habría tenido tiempo de repetir y culminar aquella corrida de toros cuyo final echó por tierra el viento de la Tramuntana. Un helicóptero debía sacar volando hacia Montserrat los toros muertos al final de la corrida, pero aquella tarde en Figueras soplaba un tremendo vendaval que impidió que los helicópteros pudieran volar.

Las entradas de aquella corrida costaban 300 pesetas, un dineral para la época (1964), ¡pero la plaza se llenó! ¿Sería Dalí? ¿Serían los toros? ¿Sería el helicóptero? Sea como fuere, Dalí demostró que las excentricidades atraen, y aquella tarde la expectación por ver lo que ocurriría en la plaza consiguió que ni el precio de los billetes dejara a los aficionados en casa. Esto cuanto menos, da que pensar...


¿Y si copiamos modelo? Una tarde cualquiera vamos a la plaza sabiendo que veremos una buena o mala corrida, que veremos toros con trapío o sin él, que los matadores tendrán una tarde de lucimiento o no, que les pediremos una oreja o acabaremos pitando alguna faena… pero la sorpresa no está incluida en el bombo de los premios, la sorpresa no ha comprado billete, nadie la ha invitado a la fiesta…

Diez años más tarde de aquella corrida, en el año 1974, Dalí pintó “Torero alucinógeno”. Una obra que tras la Venus de Milo y un enjambre de abejas… ¡sorpesa! oculta la figura de un torero. ¿Lo veis? Que si hombre, mirad bien, justo ahí, detrás de las Diosas que no dejan ver el albero...


Sorpresas te da la vida…
Y si no te da sorpresas, cambia de vida.
Pues eso.

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